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Obra original

Florero y paisaje

18.000 €

Esta monumental naturaleza muerta de flores, ejecutada alrededor de 1680–1690 sobre un imponente lienzo de 125 x 99 centímetros y atribuida con sólida fundamentación al insigne maestro del Barroco madrileño Gabriel de la Corte (c. 1648–1694), se erige como una obra de insuperable valor estético, historiográfico y patrimonial que sintetiza de forma magistral las altas cotas alcanzadas por el bodegón florido durante el Siglo de Oro español. Desde un punto de vista puramente técnico y estilístico, la composición destaca por su deslumbrante frescura ejecutiva y la soltura de una pincelada vibrante, nerviosa y jugosa que aplica empastes densos de pigmento para dotar a cada especie botánica —desde los tulipanes flameados de pétalos retorcidos hasta las rosas carnosas y los claveles de bordes desflecados— de una corporeidad y un relieve táctil asombrosos, emergiendo con dramatismo lumínico sobre un recipiente de vidrio resuelto mediante precisos e insinuados toques de luz blanca. A diferencia de las producciones más rígidas o estereotipadas de sus coetáneos, la pieza demuestra una clara asimilación de la libertad gestual flamenca y del sentido del espacio del Barroco italiano, rompiendo audazmente la opacidad del fondo neutro mediante la apertura de una ventana lateral hacia un celaje crepuscular que aporta al conjunto una atmósfera vaporosa, profundidad espacial y un aliento poético de indudable sofisticación compositiva. Sin embargo, el supremo atractivo de este lienzo y el factor decisivo que eleva exponencialmente su cotización en el mercado internacional radica en su extraordinaria procedencia y trazabilidad documental, conservando de forma impecable en su reverso la etiqueta oficial de la Junta Delegada de Incautación, Protección y Salvamento del Tesoro Artístico con el número de inventario 15664 y el sello de control de la CNT 2365, testimonio irrefutable de su participación en la epopeya de salvaguardia patrimonial durante la Guerra Civil española, periodo en el que fue custodiada temporalmente en las galerías del Museo del Prado como parte de las obras seleccionadas por las autoridades culturales por su excepcional calidad técnica para preservarlas de la contienda antes de su posterior devolución, una condición de procedencia institucional e historia viva que revaloriza de forma sustancial su tasación, situándola en la cima del mercado de alta gama y convirtiéndola en una pieza de verdadera categoría de museo para cualquier colección pública o privada de prestigio.

TécnicaÓleo sobre tela
Medidas125x99cm
AñoCirca 1680-1690
ArtistaCORTE, Gabriel de la
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CORTE, Gabriel de la

Gabriel de la Corte (Madrid, c. 1648 – 1694) constituye una de las personalidades más fascinantes, singulares y de mayor virtuosismo técnico dentro del panorama del bodegón florido de la Escuela Madrileña del Siglo de Oro español. Hijo del también pintor Xavier de la Corte y nieto de Juan de la Corte, distinguido pintor de batallas de origen flamenco afincado en la corte de los Austrias, Gabriel creció en el seno de una saga familiar imbuida de dinamismo artístico y rigor plástico, inclinándose desde muy joven de forma exclusiva y casi obsesiva por la pintura de floreros y guirnaldas, un género en plena expansión comercial entre la alta aristocracia y la burguesía madrileña del último tercio del siglo XVII. A pesar de desarrollar su actividad en la capital del reino de forma coetánea a las grandes figuras del barroco tardío y a la estela dejada por el gran maestro Juan de Arellano, De la Corte logró forjar un lenguaje poético singularmente independiente, caracterizado por una marcada influencia del barroco italiano y flamenco que asimiló con notable perspicacia a través de las florecientes colecciones nobiliarias de la Villa y Corte. Su catálogo pictórico, ampliamente apreciado por la desenvoltura y frescura de su factura, se distanciaba de la simetría más contenida de sus predecesores españoles mediante la introducción de una soltura gestual verdaderamente innovadora, donde la materia pictórica cobra un relieve táctil y una vivacidad insólita a través de un empaste denso, jugoso y de pincelada nerviosa que modela rosas, tulipanes flameados, claveles y especies exóticas con toques vibrantes de luz directa. Una de sus aportaciones más celebradas e inconfundibles al bodegón español de la época fue la atrevida ruptura del fondo neutro e inerte tradicional en favor de la apertura lateral hacia celajes crepusculares, cielos plomizos y suaves perfiles montañosos lejanos, un recurso compositivo hispano-italiano de gran sofisticación que confería a sus arreglos florales una respiración atmosférica, un sentido de la profundidad espacial y una monumentalidad sumamente cotizados. A pesar del innegable talento exhibido en sus composiciones y del constante flujo de encargos particulares que le permitieron gozar de merecida fama en los ambientes artísticos de la corte castellana, la vida personal del artista estuvo marcada por una profunda precariedad económica y una salud frágil que condicionaron sus últimos años hasta su prematuro fallecimiento en Madrid en 1694, dejando tras de sí un corpus de obras de extraordinaria finura estética que hoy día forma parte de las más prestigiosas instituciones museísticas del mundo —encabezadas por el Museo Nacional del Prado— y de las más relevantes colecciones privadas internacionales, consolidando su estatus indiscutible como uno de los grandes genios y máximos exponentes de la pintura de flores del Barroco español.

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